Está claro que lo que te pasa en un concierto, no te pasa si te quedas en casa. El pasado sábado tenía lugar en La Pequeña Betty uno de los eventos musicales más esperados por mí misma mismamente: la presentación del nuevo disco de Bubblegum, “Where is Matthew Sweet?”. Nos tomamos con calma la hora de llegar al evento, más que nada, porque tal y como nos habían chivado, el partido del Barça-Madrid tenía todas las papeletas para retrasar la hora del comienzo.
El principal problema de La Pequeña Betty está constituido por las grandes columnas que invaden la sala y que hacen que, si no andas listo, te quedes viendo una estupenda panorámica de una sólida pared de hormigón. Para evitar este conocido inconveniente nos ubicamos, nada más llegar, en las primeras filas. Justo entonces respiré relajada y aproveché para hacer mi croquis de situación:
Llegada al concierto en tiempo: OK
Saludar al grupo: OK
Captura de cervezas: OK
Deshacernos de los abrigos: OK
Lugar adecuado: OK
Ánimos a tope: OK
A simple vista, estaba claro: ¡imposible que nada malo fuese a pasar! Sin embargo, ¡ilusa de mí! Aún quedaba un hueco destinado a los imprevistos… Tras los primeros 15 minutos de concierto, con una sonrisa de oreja a oreja y entusiasmada tras haber escuchado esa estupenda versión de “La Torre de la Vela” de 091, recibí la primera advertencia: “Mira, que estás en primera fila y la primera fila es para bailar, que si no, no te coloques aquí porque te voy a seguir empujando”. Un poco alucinada ya que no había reparado en las personas que tenía bailando justo a mi lado, miré incrédula a la chica que tanto se estaba preocupando por mi integridad física, ¿me lo estaba diciendo en serio?
Lógicamente, yo que soy de pueblo y estas cosas de la gran ciudad me asustan, no pude menos que sonreír y quedarme con cara de tonta. No me hizo falta esperar mucho más: cuando el entusiasmo de mi encantadora compañera de fila y sus adláteres implicó que Adrián, el guitarrista, casi se comiese el micro, y un ejército de cuerpos sudorosos amenazase seriamente mi pituitaria (las canciones con puño en alto fueron el arma definitiva), decidí desplazarme con la cabeza gacha a posiciones más alejadas. Había perdido la batalla… ¡y la guerra!. El ataque del enemigo había sido rápido y mortal.
No obstante, este incidente me ha refrescado la memoria de viejos tiempos en el FIB: un par de frascos de desodorante siempre te ayudarán a defender la posición…
¿El concierto de Bubblegum? Como siempre, insuperable, ¡si es que son unos monstruos!